Candaya, una editorial de racimo.

Olga y Paco son editores de racimo: se fragmentan e iluminan la madrugada de los libros. Unos pedazos explotan y son pirotecnias de versos declamados en viajes clandestinos. Otros surcan la noche en silencio, y no es hasta la mañana siguiente que uno los descubre acomodados en los anaqueles de la biblioteca propia, o en recovecos de la memoria. Olga y Paco se marchan ya de Badajoz, pero Candaya se queda entre nosotros, no sólo en alma, sino también en cuerpo, gracias a la generosísima donación que hicieron a la biblioteca del CELARD.

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Escucharlos hablar en torno a un vino es viajar al futuro para aprender historia de la literatura. Ojalá los libros de texto con los que estudien nuestros hijos recojan alguna de las anécdotas y vivencias que estos dos profesores/editores han compartido con las voces más auténticas de la literatura hispanoamericana: Vila-Matas, Juan Villoro, Ednodio Quintero o José Barroeta, entre otros muchos.

Escucharlos hablar en torno a un libro es querer comprar ese libro y querer leer ese libro, que son dos deseos que deberían ir juntos pero que en demasiadas ocasiones van separados. Su presencia en el acto inaugural del Club de Lectura Viva 2017, en calidad de editorial invitada, fue la evidencia de que el planteamiento es el correcto: dar la oportunidad a los lectores de conocer el catálogo de una editorial de la mano de sus artíficeses la mejor manera de crear un vínculo fuerte y productivo —es la manera de fortalecer ese concepto de tribu del que Candaya hace bandera, y donde los lectores están al mismo nivel que los autores (propios y ajenos), los periodistas o los libreros—, y de lograr que la intermediación lectora tenga una base sóilda compuesta de pasión y ausencia de prejuicios para abordar el texto.

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Un lector puede crear, fácilmente, a otro lector, pero, ¿quién crea al lector primigenio? ¿El librero, que no alcanza a leer un 5% de los títulos que vende? ¿El prescriptor, que debe leer en diagonal porque la pila de libros para reseñar le observa como una parca desde un extremo del escritorio? ¿El profesor con las manos atadas al canon? ¿El escritor, que demasiadas veces debe elegir entre escribir y leer? ¿Quién mejor que el editor que no es, al fin y al cabo, más que un lector capaz de proyectar sus lecturas hacia los otros?

Pequeñas iniciativas como el Club de Lectura Viva intentan propiciar estos encuentros porque creemos que el único futuro posible para el mundo editorial —mundo que habita el ser-libro— pasa por la implicación de todos los actantes en el fomento de la lectura, avalando el criterio propio con la mirada y la voz.

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