«Las niñas prodigio» huele a pájaro acariciado

Es inevitable, al leer Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017) de Sabina Urraca (San Sebastián, 1984), compararse una y otra vez con su protagonista. Esto es algo que suele ocurrir en las historias que se presuponen autobiográficas. En lugar de empatizar con el personaje, de sentir a través de él, tendemos a analizar la acción en términos de «¿Qué habría hecho yo de ser él o ella?» y «¿Podría pasarme esto a mí?»

El lector puede empatizar con un personaje ficticio, pero no suele hacerlo con uno «real». Esto es así: es más fácil ponerse en la piel de Gandalf que del vecino, porque el vecino representa la alteridad, mientras que Gandalf carece de identidad a la que oponerse. Sin embargo, eso no disminuye un ápice el disfrute al que puede aspirar el lector de textos de autoficción. Simplemente, lo modifica.

La relación con el texto cambiará en función de las experiencias vitales del lector, y esta constante comparación invocará un juicio, a menudo no deseado, sobre el personaje-narrador, algo no siempre deseable en la ficción pura y dura.

Yo me comparado hasta la saciedad con la protagonista de Las niñas prodigio, y he decidido que la quiero y que me da miedo, y que iría con ella al fin del mundo pero probablemente no a comprar el pan. Y he aprendido cosas, sobre mí y sobre el mundo.

Sobre todo, he aprendido que la infancia es un secreto que olvidamos. Cuando ese secreto pesa y el niño se siente, no solo su custodio, si no el elegido para su transmisión, cuando éste siente que tiene la misión de comunicar el secreto a los adultos (o a los extraterrestres) que lo desconocen, o acaso lo olvidaron, y hacerlo prevalecer frente al dogma de lo establecido, esa pesadísima responsabilidad genera en el niño luces y sombras que, en la hipérbole de la infancia, son fogonazos y agujeros negros.

«La infancia es un secreto que olvidamos»

Por eso, a menudo a la brillantez, le acompañan grandes dosis de sufrimiento, y por eso el artista mitificado, al hacer balance de su existencia, no suele encontrar diferencia alguna entre sí mismo y el conjunto de los mortales. Por eso la niña prodigio no se considera tal.

Lo único que la aleja de la masa es la posesión, todavía, de ese secreto que es la infancia, que manosea, saborea, desmigaja, engulle y regurgita con formas infantiles y cambiantes, o que descuartiza y arroja al rostro de quienes participaron de la mentira: Huevo frito.

El peso de las mentiras de esta sociedad descansa sobre los hombros de nuestros hijos. Lo que ocurre es que el niño no suele ser consciente hasta que se le franquea el paso al mundo adulto, un rito que implicará el permiso para mentir a la próxima generación. Ésa es la manera en que hombres y mujeres han perpetuado el patriarcado y otros sistemas de dominancia y represión: descansando sus adultos culos en el trono desde el que mienten y confunden a sus hijos y a sus hijas.

Pero qué pasa cuando el niño es consciente antes de tiempo de esa falla, de ese mecanismo.

En el capítulo Wunderkind la letra de la canción que canta la niña es ese secreto silenciado por los adultos. Pero gracias al tesón y al denuedo con el que la niña intenta transmitirlo, se convierte en inteligible: no obstante, el resultado no es el que la niña esperaba. El público ríe, como un coro de hienas, en lugar de llorar la brecha entre el venado y la cancioncita alemana, entre el jardín zen y el cenicero, entre «Henry. I’m getting boobs» y el brote del botón mamario.

Las niñas prodigio es un libro de relatos que se convierte en novela al pasar las páginas, como un folioscopio narrativo y, contra todo pronóstico, el final es. Y el que no lo vea o no lo entienda como final debería preguntarse «¿Por qué entonces consideré que aquello era el principio?». Escribir una novela es ponerle cubiertas a la vida, de buen cartoné si además uno tiene la suerte y el mérito de publicarla en Fulgencio Pimentel.

Hay un poema de Pizarnik que podría haber sido escrito después de leer Las niñas prodigio, o tal vez justo antes de poner la primera palabra. Se llama Tiempo, y dice así:

Yo no sé de la infancia

más que un miedo luminoso

y una mano que me arrastra

a mi otra orilla.

 

Mi infancia y su perfume

a pájaro acariciado.

A eso huele Las niñas prodigio, a pájaro acariciado.

Foto: Carmona del Barco

Sabina Urraca (San Sebastián, 1984), estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid y Guión en la ECAM. Como periodista, se dedica al periodismo gonzo o de inmersión. Para ello, escribe principalmente sobre experiencias en las que se sumerge de forma personal. Colabora con publicaciones como Vice, Tentaciones, Tribus Ocultas, El Comidista, Eldiario.es, El Estado Mental, Bostezo o Ajoblanco.

Miguel Ángel Carmona del Barco (Badajoz, 1979), es escritor y director del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez, entidad desde la que coordina el Club de Lectura Viva. Ha publicado Manual de autoayuda (Salto de Página, 2016), libro con el que quedó finalista del Premio Setenil ese mismo año. Ha sido galardonado con el Premio Camilo José Cela, y con el Ciudad de Valencia – Vicente Blasco Ibáñez de narrativa, con la novela Kuebiko, que será publicada por la editorial Pre-textos en 2018.

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