El algoritmo Halfon

Leyendo a Eduardo Halfon, desde «El boxeador polaco» hasta «Duelo», una pregunta me sale al paso a cada vuelta de página: ¿Hay una literatura necesaria y otra innecesaria? Y como si alguien corease, reactivo, desde la bancada contraria de conciencia, surge otra pregunta por respuesta: ¿Necesaria para quién?

Digamos necesaria para todos, para alguien: es probable. Pero en ese caso la lectura sería una especie de terapia en la que cada lector busca su remedio sin saber muy bien cuál es su mal ni para qué sirve la medicina que se dispone a tomar y, desde luego, sin importar el laboratorio que la fabricó. El remedio, el libro en sí, es lo único que importa o, más bien, su capacidad para dar respuesta a nuestra dolencia, sea placebo o principio activo.

Digamos ahora necesaria para uno mismo, para el escritor: no es disparatado. ¿Por qué los mejores escritores no escriben lo que más se vende? ¿Por qué la mayoría de estos no entran por el ojo de la aguja del mercado y ponen su talento a trabajar donde está el dinero? Hipótesis: tal vez las mejores historias surjan de la necesidad de contarlas, y no tanto de la necesidad de ser leídas. Por eso, la literatura necesaria para el autor es minoritaria, y la literatura necesaria para el lector, la lectura terapéutica, colma los superventas. Cuando el lector elige, con frecuencia aleja el sufrimiento ajeno de sí. Cuando elige el escritor, aleja el propio y, para ello, lo traslada al texto.

El sufrimiento del escritor no siempre tiene que ver con hechos luctuosos o trágicos. De hecho, la forma más común de sufrimiento en el escritor es la contradicción. El proceso de absorción y preescritura es, precisamente, un proceso de reducción de esa contradicción mediante métodos muy diversos que implican siempre un aprendizaje sobre aquello de lo que se quiere escribir. Al final, no nos engañemos, la contradicción siempre persiste, pero el escritor encuentra cierta compensación, cierta recompensa, en trasladarla a los demás: compartir una contradicción disminuye el sufrimiento que ésta causa porque este sufrimiento se compone, en gran medida, de soledad.

Y bien. ¿Qué ganamos con este exordio, además de un par de razones para no seguir leyendo esta reseña? Yo intento, lo consiga o no, escarbar junto al tallo de este árbol que está escribiendo Halfon desde hace ya casi veinte años, y palpar sus raíces. Puede parecer pretencioso: es pretencioso. Pero quizá tenga que ver este impulso con la necesidad de hallar una toma de tierra, justo antes de mirar hacia arriba y ver la copa, gigantesca, creciente, aparentemente enmarañada pero, en realidad, solamente aovillada, enmadejada, que es la obra de Halfon. Las metáforas me saltan a la yugular: su obra es el tapiz de un tejedor que teje el tapiz; es el algoritmo de Mandelbrot; son las manos de Escher. Y, sin embargo, la mejor metáfora la dio el propio Halfon en Monasterio o en Signor Hoffman o en Duelo, o tal vez en todas: el escritor es esa cabra atada a un tronco de guayabo mientras se come la corteza de ese guayabo. El escritor se alimenta de un grillete que, algún día, estará tan comido que no le amarrará más. Y después qué.

Halfon es un Chukri al que le hubieran trasplantado el corazón de Kertesz. Para Kertesz no había un después. No había siquiera un después qué. Y sin embargo, Chukri, como Genet, siempre encuentran un después porque para pensar deben primero hacer: piensan en la acción, y eso es Halfon: el pensamiento (¡y la emoción!) a través de la acción (Flannery dixit). Por eso sus novelas pueden llegar a ser necesarias. Porque no olvidan el principio fundamental de la literatura: todos los lectores somos niños tumbados en nuestras camas, esperando a que alguien nos cuente un cuento.

Así que, sí: la obra de Halfon es necesaria, como mínimo, para mí y para él. Y también para otros miles de lectores en el mundo que, disconformes con el determinismo de Prop o de Hollywood, nos cuestionamos la inexorabilidad de la misión del héroe y la propia condición del héroe. Y del discurso del héroe y del escudero y del verdugo y del asesino y de la víctima y del judío y de la mujer y del blanco y del niño. Todos ellos terriblemente solos en su contradicción. Tan solos que apenas se sienten acompañados cuando son leídos por miles y miles de personas en todo el mundo.

Publicado originalmente en Cultura Badajoz, el 11 de diciembre de 2018

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