De todo esto me acuerdo

Texto e imagen: Miguel Ángel Carmona del Barco

Carcajadas. Hacía mucho tiempo que no escuchaba carcajadas en un evento literario. Y silencios como cucharadas de sopa caliente en invierno. Una hora y media. Treinta personas. Cincuenta libros comprados y firmados en la media hora de la prórroga. Y un sombrero, que diría Marchamalo.

Rubiano y él aseguran que no se conocían. Que se vieron por primera vez quince minutos antes del encuentro, en un café de la Plaza López de Ayala. Los presentó Lola. Tuvieron el tiempo justo para contarse dos secretos y dedicarse un libro. O al revés. Jesús le dijo que el otro día había hablado de Rialto en el Ojo Crítico. Belén le respondió que no sólo no lo había oído, sino que nadie le había dicho que lo hubiera oído. 

Como quiera que fuese, cuando se sentaron frente a los asistentes, había ya entre ellos una complicidad, a ratos cómica, a ratos ácida, a ratos luminosa. Y era querer arrancar Marchamalo, izando la vela de su oficio periodístico, por las aguas de la crítica mesurada y certera, y echarse Rubiano a los montes del suicidio y la autolisis, para concluir que los lectores, según su experiencia, somos más infelices que los no lectores, porque estamos condenados, como Truman, a chocarnos contra las paredes del escenario de la vida. O algo así.

Y se empeñaba Marchamalo en defender la existencia de la verdad, de alguna verdad, aunque fuera la propia —porque no es el suyo oficio para cínicos—, frente al escepticismo de Rubiano, que no concedía ese estatuto a nada contado, porque todo relato, según ella, era una mentira. Cada recuerdo, una opinión. Y cada uno de nosotros: del tamaño de lo que ve. Fue así, citando a Caeiro, como enunció la de Sevilla una nueva teoría que hará temblar los cimientos de la sociedad, desde ordenamiento de las ciudades hasta los mercados hipotecarios: ¿para qué gastarse una fortuna en una casa si lo que se ve al abrir las ventanas es de una fealdad incalculable? Muchos nos quedamos pensando si no habremos hecho los tontos comprándonos nuestra propia casa, en lugar de hipotecarnos para embellecer la del vecino.

Tenían los libros cambiados, como si los dos jugaran fuera, y echaban mano de ellos y de sus notas para retomar un rumbo que volvía a torcerse por el camino exacto: entraban y salían de sus páginas, como la policía judicial durante un registro, siempre con las manos llenas de ideas y palabras. Marchamalo tenía tres pasajes de Rialto subrayados y los leyó. Rubiano tenía tres meacuerdos marcados, y le pidió a Marchamalo que los leyera. En todo eran yinyánicos. Tal adjetivo acaba de nacer.

Marchamalo leyó lo que había dicho en el Ojo Crítico de Rialto. Lo leyó con entradita y hasta contestándose con la voz profunda de Alberto Martínez Arias, y nos pidió que, si algún día nos encontrábamos por la calle con Belén Rubiano, le dijéramos que lo habíamos escuchado.

Se nos hacía tarde para los otros (para el personal de la biblioteca; para quien nos esperaba fuera; para quien cuidaba a nuestros hijos) y seguía siendo dolorosamente temprano para nosotros, que anotábamos y anotábamos cosas para decir. Por suerte, de repente las contestaban sin que preguntáramos, y corríamos a tacharlas pero no nos daba tiempo o no encontrábamos los lápices. 

Al final, cuando dio la hora, sólo nos quedaba pendiente aplaudirles. Hicimos dos colas para que nos firmaran los libros. Nos fuimos yendo, poco a poco, con la sensación de haber visto a los medallistas olímpicos de patinaje sobre hielo, y un gusto a anaquel empolvado en los labios.

De todo esto me acuerdo.

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