Señal de que cabalgamos

Texto e imágenes: Miguel Ángel Carmona del Barco

Director del CELARD

Todas las guerras empiezan y terminan con una violación. El cuerpo de la mujer es el único territorio, físico y simbólico, que no defiende ningún ejército. Por eso puede ser usurpado, anexionado, arrasado y sembrado con sal, según convenga, con el único objetivo de castigar al hombre que detenta su propiedad. 

Explicar esto en tiempos de paz es tan complicado… Explicarlo no: proyectar su gravedad; alcanzar una representación de esa realidad lo suficientemente nítida, profunda y exacta como para activar en el otro el mecanismo de reconstrucción del fenómeno. La ética es como la lluvia arreciando contra el tejado de una casa de campo. Al principio, genera sensación de refugio y protección. Después, cansa y, al final, se la traga el silencio. Por eso la razón sirve para tan poco.

Y por ello se inventó la literatura y tal vez, mucho antes, también la pintura en las cuevas: para expresar aquello que puede decirse de una manera sencilla, pero entenderse sólo de una manera compleja. Para comunicar lo que, siendo obvio, sólo puede conocerse a través de un misterio. 

Si leéis los libros de Cristina Cerrada y Nieves Vázquez os pasará, probablemente, como a mí: os costará trabajo averiguar por qué dos textos tan distintos se complementan tan bien. Y tiene que ver con esa necesidad de ampliar los márgenes del misterio tanto como nos alcance el miedo y la esperanza, para entender lo que ya sabemos sin darnos por enterados: que las niñas heridas se convierten en mujeres que arrastran sus cicatrices por la ciudad, desde la calle de la culpa hasta el bulevar de las ausencias, como Rheza, la protagonista de «Hindenburg». Que no hay guerra, hambre o terror que erradique preventivamente la infancia, sino que todos los niños y niñas, aunque sólo vivan horas, son niños y niñas hasta que mueren o se les mata; o hasta que crecen, como las madres, tías y abuelas que le susurraron al oído las historias de «La sangre de las mujeres» a Nieves. Que una verdad puede servir para coser dos historias.

Y eso fue lo que pasó en el segundo encuentro del CLV 2019, en la Librería Colón, el 8 de noviembre. Las autoras no se conocieron hasta minutos antes de empezar el coloquio. Hubo que poner algunas sillas más porque la gente no dejaba de llegar. Arrancamos pasado un cuarto de hora de las siete y, enseguida, el debate se extendió, desde la mesa de oradoras hasta el público. Costó trabajo mantenerlo dentro de los límites de lo literario, porque el tema y el contexto pedía a gritos militancia. Pero entre todos lo llevábamos de vuelta al corral de la ficción, como un rebaño que encierra al perro pastor. ¡Y qué a gusto se está cuando el perro pastor está encerrado!

Quisimos poner el punto y final poco después de las nueve y media, para que el público pudiera llevarse sus libros firmados. Y nos llevamos aguaceros de palabras en la boca. Ya las lloveríamos fuera. Y las llovimos, vaya que si las llovimos, durante la cena. Y ahora Cristina y Nieves, y Luis y Félix, y la gran Gabriela, forman parte ya para siempre de este rebaño literario cuyo poder especial es ser capaz de encerrar al perro pastor en su cucha y echarnos, al relente, a hablar sin que nos molesten sus ladridos. «Ladran, señal de que cabalgamos» (Goethe dixit).

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