Una bomba cae en la tierra y forma un cráter, un cráter profundo y abrupto como un barranco, en cuyo fondo nace una niña. Al principio la niña hace de aquel hoyo en medio del mundo, su propio mundo. Tiene la tierra para posar los pies y el cielo para echar a volar los ojos. Tiene comida y lugares donde esconderse; tiene la palabra y el sueño. No tiene a la madre, porque la madre se fundió con el cráter —es parte del hueco que es su mundo—, pero la muerte es también una forma de maternidad, una madre muerta sigue siendo una madre. No sabe si es feliz, que es también una forma de felicidad.
Pero un día la niña deja su piel en el fondo del barranco. Debe elegir entre su piel o su vida y deja que se la arranquen, deja que se ceben con ella, con su piel, mientras su alma se esconde entre las piedras. Y allí permanece a la espera de que otra piel le crezca. La piel que le crece es ya de mujer. Es una piel hermosa y brillante como una estrella en la que, sin embargo, no se reconoce. Parece hecha a medida del cráter y no de ella, así que empieza a odiar ambas cosas. Ya no mira el cielo como a un telón en el que proyectar sus sueños, sino como una ventana por la que arrojarse al vacío.
Así que intenta escalar las paredes del barranco, descalza, agarrándose a los terrones y a las zarzas con las manos desnudas, y en eso se convierte su día a día, Sísifo sin piedra o, tal vez, piedra sin Sísifo que la empuje hasta la cima. El medio se convierte en un fin, el intento en la meta, el camino en el destino, y la niña con piel de mujer hace de la ladera escarpada e inhabitable su hogar. La gente la observa desde el fondo de su cráter, juzgan su empeño inútil y febril, demente: unos la señalan con el dedo; otros le prestan momentáneamente su hombro para auparla un poco más allá, no porque crean en su objetivo, no porque crean que se puede salir de cráter y llegar al cielo, sino porque duele verla sangrar por las uñas y por la voz, de tanto agarrarse a sus propios gritos. Pero ella ya no es capaz de diferenciar a los otros de las piedras con las que choca, y arroja a los unos y a las otras al fondo del barranco para ascender un centímetro más, un milímetro más, aunque sea a costa de usar su carne como peldaño.
Ya no hay esperanza para ella. Alza la mano y comprueba que está aún más lejos del borde que cuando era niña y que sus pies no tocan la tierra de tanta carne muerta que hay bajo ellos, así que busca un hueco en el fondo del cráter y abandona.
Pero hay esperanza para otras. Tal vez, su sueño no haya sido en vano después de todo, no porque lograra convertir ni un ápice en realidad, sino porque los sueños se contagian por amor. Otra niña ha nacido en el fondo de ese cráter. Alguien le coge la mano, pero no es ella. No importa, en realidad. Esa mano la guía hasta más allá del barranco, hasta más allá del cielo, pero algún día regresará para tratar de entender cómo ocurrió todo. Tal vez sea esa niña la que cuente esta historia.






Fotografías de Alicia Mendo y Alma Carmona
Texto escrito a partir de la lectura de La maestra de Stalin, de Cristina Cerrada, cuyo encuentro se celebró en la Librería Colón, el 7 de octubre de 2022.
