El autor madrileño mantuvo un encuentro con los lectores del Club de Lectura Viva en torno a su última novela, Vibración, un abanico de historias interconectadas que proponen una reflexión sobre los lastres que las generaciones venideras arrastran a causa del comportamiento de sus antepasados.
Todos los territorios son un palimpsesto borrado y reescrito, una y otra vez, con la violencia de los ganadores y la penitencia de los vencidos. Culpa, vergüenza y rencor serán los motores que mantendrán en movimiento la Historia mientras que dure la paz, y que conducirán, con el tiempo, a sus moradores, a las puertas de un nuevo conflicto.
Ese es el planteamiento de Vibración (Galaxia Gutenberg, 2023), la última novela de José Ovejero, en la que el autor despliega la historia de un trozo de tierra a través de una selección de escenas que, como golpes de diapasón o como piedras arrojadas a un embalse, expanden sus ondas de generación en generación, modificando y condicionando las vidas sus habitantes.

El lugar elegido es un pueblo sin nombre de la Siberia extremeña en donde José Ovejero (Madrid, 1958) ubica «los veranos de su infancia», y al que regresa por motivos personales después de 50 años. «Y me empezó a traer lo que veía en ese lugar, que para mí era un lugar sin historia, sin aventura, sin nada que contar», reconocía en un encuentros con lectores en el Parque de Castelar en el marco de las actividades del Club de Lectura Viva. «Me di cuenta de que me empezaba a contar muchas cosas», continuaba, «y que esas cosas que me contaba no eran solo historia local, sino que era algo mucho más amplio, algo que tenía que ver no solo con ese pueblo que no menciono —como habréis visto, aunque ya lo habéis identificado—, no solo con esa región y a lo mejor ni siquiera solo con este país».
Esa búsqueda de la universalidad en la localidad además desprovista de topónimos —el pueblo, cuyo nombre no revelaremos aquí porque ese es el juego que propone el autor, pero que identifica con la letra V., y que por el contexto: un pantano próximo que anega una población anterior, una central nuclear abandonada, un macroproyecto turístico abortado, seguramente será reconocible por muchos extremeños— es precisamente uno de los signos de identidad de la novela, una de las muchas decisiones importantes que debería tomar su autor al levantarla.
Y, aunque es verdad que, en el uso de este recurso, sigue una estela de otras obras como por ejemplo, Claus y Lucas, de la húngara Agota Kristoff, de cuya producción literaria y ensayística es traductor el propio José Ovejero, no es menos cierto que, renunciar a la ubicación le permite también construir voces dialécticamente cercanas a ese registro estándar que es, en realidad, el español de Castilla. «La gente habla como si no fuese de ningún lugar concreto», comentaba, «y podría haber utilizado el habla de la zona, que más o menos la conozco, pero decidí que no, que no quería eso».
En lugar de una novela circunscrita a un territorio concreto, Ovejero emprende un proyecto que él asemeja más al trabajo arqueológico. «Cuando hacemos una excavación es muy interesante que lo que encontramos no es solo aquello que fue creado en ese lugar, aquello que tiene que ver directamente con la historia del lugar, sino que también nos encontramos con objetos, vamos a decir, de otras civilizaciones», argumentaba, tirando de su formación universitaria, que es de licenciado en Historia y especialista en Egipto.
La estructura de la novela
La estructura de la novela es, sin duda, la mayor apuesta de su autor. Tras un brevísimo inicio in extrema res que, a partir de ahora, utilizarán en los talleres literarios como ejemplo de esta técnica narrativa consistente en comenzar la historia por el final para regresar al él al cabo de la novela, el lector se sumerge en una primera parte compuesta de dieciocho historias aparentemente inconexas, pero que poco a poco se revelan como partes de un todo.
Esta parte es como un gigantesco mosaico que solo pudiera verse desde el aire, y avanzar en su lectura es como elevarse, tomar distancia y ganar perspectiva. Solo entonces uno comprende el porqué del título de la novela: lo que conecta esos fragmentos son precisamente las ondas que generan los actos de sus protagonistas; esas vibraciones que perduran y se expanden en el espacio y el tiempo, y que en comunidades rurales, especialmente, condicionan las relaciones de sus habitantes durante generaciones. «La Historia no se termina cuando creemos que se termina, sino que se termina muchísimos años más tarde. No solo eso, nuestra historia no empieza cuando creemos que empieza. No empieza el día de nuestro nacimiento», concluía. Y así les sucede a los personajes de Vibración, que, aunque bracean para mantenerse a flote, hay una fuerza que les hunde y les asfixia, algo que no logran controlar ni reconducir. Son sujetos pasivos de «las violencias que han tenido lugar en un determinado espacio», y que, según Ovejero, «se transmiten a las generaciones sucesivas», y ponía el ejemplo de España, donde «una generación tiene que seguir lidiando con violencias que ocurrieron hace 80, hace 100 años». Y esto acaba convirtiéndolos, por el mero hecho de estar ligados a ese espacio, y en contra de su propio deseo, en sujetos activos de esas violencias.
Los espacios
El tratamiento que hace Ovejero de los espacios es precisamente otra de las características de forma de mirar: los lugares no son sólo escenarios donde la acción transcurre, sino que se convierten en personajes. «Para mí la atmósfera es fundamental», reconocía. «Cuando pienso en mis personajes nunca los pienso fuera de un espacio».
El pantano, la central nuclear, aunque estáticos y pasivos, como superconductores de esas vibraciones y testigos privilegiados de la Historia, condicionan los comportamientos de los personajes de carne y hueso, y les permiten establecer relaciones con ellos, conversar con ellos, convertirlos en confidentes o víctimas propiciatorias.
Esta importancia de los espacios en la trama puede llevar fácilmente al lector a deducir que las razones que hay detrás de esta obra sean de carácter político y social: la España vaciada del pueblo sin oportunidades, el capitalismo depredador y autófago del macroproyecto turístico abortado, el cambio climático y la amenaza medioambiental en el pantano que se seca y la central nuclear abandonada. Sin embargo, preguntado sobre sus motivaciones, Ovejero reconocía que su respuesta más honesta sería que no las conoce: «Me llamó la atención y me puse a escribir. Se me ocurrió la imagen de este individuo que toca una central nuclear abandonada y está vibrando, y él piensa que podrían ser voces y de pronto se me ocurre que se lo cuente a su mujer y su mujer le pregunta: ¿y a la niña? ¿oías a la niña?».
«Yo no tengo una razón para escribir», aclaraba, «tengo una fascinación». Una fascinación entendida como necesidad de saber qué le ocurre a esos personajes que se intuyen al comienzo: ese hombre, esa mujer, esa niña. Así, empieza a apilar historias sin saber siquiera si lo que está escribiendo es una novela o un mero ejercicio de estilo.
«Pues me llevó a decidir que sí», contestaba, preguntado sobre cuándo es consciente de que sí es un libro, «que dejé de preguntármelo a mí y se lo pregunté a mi mujer», la también escritora Edurne Portela, «porque estaba tan desorientado que necesitaba un eco esta vez antes de continuar, yo, yo solo. Y fue cuando ella me dijo, ‘sí, aquí hay algo que va más allá de lo que a ti te ha interesado y de lo que te hayas divertido. Continúa’. Entonces, bueno, pues le hice caso».
Entrevista publicada el 21 de mayo de 2024 en La Crónica de Badajoz
https://www.lacronicabadajoz.com/badajoz/2024/05/21/razon-escribir-fascinacion-102707350.html







